La gran verdad revelada. El fin de la violencia – Epitomē Journal [artículo]

La gran verdad revelada. El fin de la violencia

        Si usted, amigo lector, pudiese conectar, en esta misma noche invernal o desde un futuro lejano, con la habitación desde la que escribo lo que será el artículo que dinamite los cimientos de su concepción de la violencia, me encontraría sentado al escritorio bajo la luz del flexo, con un batín turquesa entreabierto a los hombros y un bol de caldo de pollo de supermercado humeando ante las narices. De supermercado, digo, refiriéndome al caldo, no al pollo, que según la impresión en tipografía para hipermétropes en el lateral del tetrabrik, era de corral y vivió como un marqués. Le contaré que me hallo pues, presentado el escenario, deshilvanando las muchas y muy prietas costuras que componen el traje de lo que conocemos por violencia para plasmar el resultado en este escrito histórico y revelador. Fui contactado para enfrentar este encargo con la premisa sólida y cristalina de contribuir a la publicación aportando un punto de vista serio y reflexivo acerca del término que nos ocupa, y mi misión no es otra que la de descubrirle a usted el valiosísimo conocimiento que he terminado por adquirir por medio de ingentes cantidades de esfuerzo, dedicación a la causa y privación del sueño que ahora pretendo, editor de texto mediante, evitarle. Mientras tanto, hago notar, volviendo a tomar distancia, como si alejásemos el teleobjetivo de una cámara de vídeo, el gato ‒permítaseme acusarlo como represalia por sus distracciones‒ juega un pinball macabro con el cadáver de una mosca a la que él mismo acaba de dar caza y que, quién sabe si por lo reciente de la cena, no ha considerado oportuno tragarse.

        Es un gato atigrado, con la panza y dos tercios inferiores de las patas de color blanco y el resto del pelaje anaranjado, salpicado de estrías cobrizas aquí y allá. No es mi gato. Tampoco es mío el escritorio, ni el ordenador portátil cuyo teclado aporreo con cachaza. Todo es propiedad de mi chica, cuya casa he invadido hoy, en busca del calor de ella y de el del nuevo radiador eléctrico que ha instalado en el salón. Se llama ‒el gato, no mi chica‒ «Fifuuu». O «Fifuuu» es al menos la representación simbólica más cercana a la realidad que soy capaz de plasmar, aunque en la pronunciación real de su nombre no se articule ninguna de las letras en ella referidas. Y es que «Fifuuu», o como lo quiera usted escribir, ni siquiera se pronuncia, se silva. A su dueña le pareció violento darle al gato un nombre común sin haberlo consensuado antes con él, y a la espera de que llegue el día en que el animal razone y se lo haga saber, lo llama a silbidos. Sólo cuando recibe en casa, como se recibe un resfriado, la visita de algún fanático intransigente que no es capaz de asimilar la existencia de aquello que no puede nombrar, se permite rebautizarlo como «Conan», supongo que en honor al bárbaro de la ficción (exponente máximo de la violencia en su expresión más elemental, cabe resaltar). El asunto del nombre de «Fifuuu» sería irrelevante en cualquier caso ‒el condenado gato no responde más que al sonido de apertura de sus latas de comida y al de la orina repicando en el agua del fondo del retrete‒ si no le valiese a un servidor para abordar el tema con el que lleva párrafo y tres cuartos amenazándole a usted, apreciado lector: la gran verdad revelada, que engloba en un mismo concepto la causa inicial de y la solución última para toda forma de violencia conocida y por conocer.

        Comprendo, faltaría más, su impaciencia al respecto de la anunciación que está al caer. No en vano, terminar con la violencia es un anhelo del hombre desde los tiempos del sílex. Creo que era Asimov quien manifestaba aquello de que la violencia es el último recurso del incompetente. ¿Y no era Tolstoi, antes que él, quien hablaba de que el buen juicio no necesita de la violencia? No me cabe duda de que estará usted de acuerdo conmigo, a la vista del panorama presente, en que el hecho de que este mundo nuestro viva sumido en la calamidad perpetua está estrechamente ligado al alto porcentaje de simios poco juiciosos e incompetentes que lo pueblan. Pero ¿cómo erradicar la violencia universal si no somos siquiera capaces de definirla?, se preguntará. Trataré de dar también una respuesta a eso a pesar de que otros muchos antes que yo lo intentaron sin éxito y aun a riesgo de desencadenar una merma en su interés por el resto de artículos de mis colegas, en esta publicación presentes, que pudiese desembocar en su no lectura por considerarlos prescindibles, lo cual, acépteme la opinión, sería un severo error.

        En efecto, la noción de violencia resulta, como tantas otras, no ya difícil de fijar, sino mudable y resbaladiza como piel de serpiente, al estar íntimamente ligada al diagnóstico del individuo que depende a su vez de la educación recibida, de la cultura adquirida y del tiempo de cola que le haya tocado guardar en la oficina postal el día de la encuesta (no pospongan sus envíos hasta fechas navideñas o conocerán el purgatorio). Así, una pareja de nuevo cuño puede considerar violencia el reposabrazos de la butaca de cine, que reprime con frialdad y firmeza el deseo de sus labios babeantes, y un animalista podría calificar de violenta, en discrepancia con la opinión del redactor de textos para tetrabriks, la vida que llevó el pollo con el que hicieron el caldo de pollo del que doy cuenta. Esa subjetividad inherente a lo abstracto es la que embarra nuestra tentativa de dictaminar qué se entiende por violencia.

        Pero no quisiera yo prolongar más su espera ni abusar de su paciencia dando rodeos, pues ello supondría tirar a la vez por tierra mi reconocida capacidad de síntesis y de eludir la divagación. No me gustaría que pensara que ando circundando el núcleo de la tesis que nos atañe por algún motivo. Como pudiera ser, por ejemplo, el de no haber hallado la verdad que promulgaba en el título ni la fórmula para terminar con nada. Sería espantoso que creyese que las menciones varias a escritores y personajes de ficción no tenían otro objetivo que el de dilapidar el espacio asignado a mi persona en esta revista para esquivar la obligación que me amarra a usted, estimado lector. Tampoco sería justo que creyese que mi intención al reiterar y destacar la palabra violencia y sus derivadas a lo largo del texto era la de remarcar la ‒de otro modo endeble‒ conexión con la premisa que me fue asignada. La pura verdad es que mi empeño podría haber sido consumado ya de no ser por el gato «Fifuuu», que me atosiga sin descanso, arañando con enfermiza insistencia el cristal de la ventana para que la abra y le permita salir al balcón. Si se me preguntase a mí, afirmaría que violencia es toda vez que, cansado de su incordio, accedo a sus exigencias y abro de par en par la ventana pese al frío para ver cómo se queda finalmente inmóvil en la calidez del hogar, mirando con indiferencia alrededor, omitiendo mis pupilas como si fuese invisible.

 

Nota del editor: pedimos disculpas a nuestros lectores de parte del redactor del artículo, Brian G. Gerbolés, la computadora del cual quedó inutilizada tras un incidente con un gato y un bol de caldo, que se vio por ese motivo obligado a hacernos llegar una copia incompleta del texto que le encargamos. Ha prometido completar sin falta su disertación en el siguiente número.

Poe - marcador

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