Trazo de tiza – Finalista “Ploma 4 Gats” (Els Quatre Gats)

Trazo de tiza

        Describo en mi relato unos hechos ocurridos no sé cuándo y apenas dónde, pues la isla, presente en mis recuerdos, no lo está en las cartas. Arribo hoy a su descripción del mismo modo en que fondeé en sus costas: por necesidad.

         Imaginen ustedes una isla diminuta en medio del océano, blanca toda ella; un simple trazo de tiza sobre el que se arremolinan las gaviotas. Imaginen ahora unas nubes negras, antagónicas, amenazando calamidad. Esbócenme a mí llegando en pos de refugio con mi balandro destartalado al espigón de un dique absurdamente largo, inmenso y vacío. Un triple mango de hormigón para una sartén de juguete. Más allá una fonda baja y rectangular rodeada de setos y un faro roto como un apéndice muerto. «Inutile phare de la nuit», diría yo parafraseando a Antonio Tabucchi, que gustaba a su vez de invocar a Chateaubriand, a quien jamás leí. «Frívola temeridad la de citar sin conocer las fuentes», me recriminaría ella, la huésped, a quien conocí en la fonda en ruinas. El reproche es un derecho inalienable de los entes celestiales.

        Había amarrado su pequeño velero lejos de la Peña para evitar enfrentarlo a los latidos del mar. Paseamos por el espigón bajo el influjo de las flautas de hierro de la torreta, que tornaban en sinfonía las rachas de mistral. Ella sabía algo de música, la había estudiado de niña. Justificaba con acordes menores la melancolía del lugar. Nos sentamos bajo el cielo plumífero, sobre las raíces de un roble centenario, en el eje de un contrapicado imposible que partía de la base del faro ciego. Mi náyade pasaba los días escribiendo —supe después— sobre nuestra soledad compartida. Entrelazaba nuestras historias en un simulacro de lo que debieron haber hecho los dedos.

       No he terminado de saber cuánto de lo que allí ocurrió tuvo afectación en el curso de la realidad. Lo cierto es que la isla tenía una esencia extraña que unos foráneos como nosotros apenas alcanzábamos a percibir. Todo en ella parecía absurdamente inútil, sin más justificación que la simple existencia.

     Una noche tuve una visión en los posos del vino. Jamás merecí semejante revelación pero no sé de nadie que haya escogido su condena. El tercer barco llegó al dique en una tarde de malos augurios y se precipitó la tragedia. Un disparo en la noche, el desengaño y la traición. Un reloj de bolsillo fue a parar al fondo del mar señalando la inutilidad del tiempo. No tardé en huir como siempre hago ante las dificultades. Renuncié cobarde a ella. Cuando volví arrepentido era ya tarde.

        Hoy sigo siendo incapaz de componer una imagen lógica del conjunto. Todo lo que tengo son recuerdos velados y una carta sin remitente que encontré desamparada en mi buzón esta mañana. La carta reproduce íntegramente la respuesta de un editor aconsejando acortar la extensión de la obra y añadirle una pizca de erotismo a la historia. «¿Por qué piensan tanto los personajes?», concluye. «¡Hazlos sentir!».

Trazo de tiza
Ilustración: Miguelanxo Prado

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